este juego feroz

 
Inesperadamente,
el tigre se despierta.
Ve a su presa desnuda.
La olfatea, se acerca,
juega con ella, mordisquea
su piel, su largo pelo
y va a lanzarse ya sobre ese cuerpo
que lo exalta,
mas se detiene y ama
el manantial de formas,
esa perfecta síntesis del mundo.

Otro momento más,
otra caricia cruel, feliz,
hasta que al fin, en celo, con las zarpas
ardientes, salta sobre la carne
dulcísima, anhelada.
Y lentamente la devora
y es de él hasta el fin
de ese momento
en que ella vuelve a recobrarse.

Así, los dos libramos
noche a noche
este juego feroz, maravilloso.

 
Félix Gabriel Flores
Córdoba – 1923
 
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