disección

Cuando abro de un tajo mi cuerpo
con furiosa sed de bucanero
suelo encontrar algunos tesoros
esperando el momento preciso
de saltar hacia afuera para darse a la fuga.

Así, una vez expuestas las vísceras
y los circuitos nerviosos,
una vez apartados los órganos y todo el cablerío,
puedo extraer los más fantásticos arcones
abollados por el tiempo y la desidia.

Por ejemplo, una ventana ciega pero siempre abierta
por donde solía escaparme en los veranos;
una estrella de cartón señalando
el centro de alguna improbable
ceremonia pagana y guitarrera;
dos vagones de un tren que siempre
está partiendo hacia algún sitio
y una piedra en las vías demorando el viaje;

la palabra nunca, agrietada por la culpa;
el recuerdo de aquello que todavía no ocurrió
pero que alguien planea minuciosamente cada noche;
los tres naipes marcados de una indefectible decisión final.

Otras veces, las menos,
cuando el tajo con que abro mi piel y mis cerrojos
deja a la vista el milagro de mi estirpe,          
suelo sacar de mis adentros a mí mismo
con un gesto de fingida sorpresa,
con un grito rojo de innominable pena,
con las manos llenas de sangre
y la boca abierta como una ballena herida.

Entonces, simplemente me miro a los ojos
y lloro con una desabrigada congoja
buscando el paraíso que no habré de encontrar,
que perdí para siempre o que no tuve nunca.

Raimundo Rosales

 

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