Archivo de la categoría: Poetisas de Argentina

y va a llegar otro invierno

Y va a llegar otro invierno
y luego otra primavera
y el olor de la salvia
no dejará de traerme
los colibríes
y la ausencia.
Y empezará otro día
entre tinieblas
incipientemente doradas
por un sol casi afónico,
y ni tu voz
ni tu olor
ni tu tibieza
ni tu paisaje feroz
de niño alado.
Mi alma sonríe a las maravillas
pero mi corazón te llora

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dos vidas para una muerte

 

“Ya va a venir el día, ponte el alma.”
César Vallejo.

Tengo ángeles negros en mi cuerpo
con bocas de la mujer y brumas.
Tumultuosos espíritus del crimen
locamente me oprimen
hasta que veo mi espectro en las espumas.
Ya no puedo amar sino en sombrío
callejón del sueño que desmaya;
amar mi dolor a muerte junto a un río
revuelto de tristeza,
cuando dios, mi enemigo, mira y calla.
Un día mataré desamparada
la sórdida rosa que me calma.
Y he de quedar por siempre en el desierto,
más triste que dios muerto.
Es hora de vivir, me pondré el alma.
Me pondré el dedal y las pasiones,
la zamba del olvido y del dejarte,
y los perros, los gatos, los ratones.
Yo sola todavía
me pondré, como era, la otra parte.

Libertad Demitrópulos
Jujuy, Argentina. (1922-1998)


poema n° 7

Poema N° 7

Me he enamorado sucesivamente
de un velero blanco
de un vidrio azul
de una pantera negra.
Me pregunto qué serás mañana.

Dalia S. de Acero
Argentina- 1926


un bello matrimonio

Una de las cosas buenas
del matrimonio,
es que uno no tiene que hablar.
(tampoco tiene que mirar).
Lo ideal es usar una venda blanca
que cubra correctamente los ojos,
de manera tal
que no deje pasar ningún resquicio
de luz.

Él se levanta y no te mira.
Ella está serena, el pelo revuelto y
un camisón raído, invisible, pensando en el día
que le espera.
(tampoco ella lo mira)

Pero sabe que él está allí. Está.
Lo cual es importante. Llueva o truene,
está. Si aparece un murciélago,
un ladrón o el cobrador de impuestos: está.

La vida se va poniendo difícil,
es bueno recordarlo.

Estamos el uno para el otro,
lo cual es reconfortante y práctico.
A veces, algo te recuerda al poema de Prevért
que tanto te impresionaba de chica.
(¿aún soy chica, mamá?)

El no sabe si
te pusiste una blusa verde o amarilla.
(el hombre de barba, sí)
El hombre de barba y muchos dientes,
sabe que tu blusa es amarilla
y te quiere lamer la piel que está debajo
de la blusa amarilla.
Ese hombre, sabe que en vos hay un cuerpo
y un corazón adentro del cuerpo. Y un alma.
Amarilla, también.

El marido, no. El marido está.
Un buen marido no espera
que termines de hablar.
(cree que fue
un ruido de la heladera)

Al terminar la cena,
la mujer piensa en encender la tele.
Luego, a veces,
se pone la venda y se visitan, se tocan.
Otras veces ella le pide que llame al plomero,
lo acompaña al cardiólogo.
El le pone filtro solar en la espalda
y ella le recuerda
que hay que renovar el pasaporte.

Es un buen marido.
Ella compra tomate perita porque al buen marido
no le gustan los tomates redondos
y le pone poca sal a la comida. Es
una buena mujer. Lo lindo
es que siempre duermen juntos.
Juntos,
miran por la ventana, qué hermoso día,
¡qué sol!
disfrutan viendo florecer el jacarandá,
viendo florecer a los niños.
(con asombro y horror)

Dormimos juntos,
nos levantamos juntos,
vamos al cine juntos, desayunamos juntos
y soñamos por separado.
Es lindo ir a las fiestas de fin de año,
juntos,
y a la playa y al cine.
En pareja nos sentamos en el restaurante y
pedimos pollo, porque nos gusta el pollo
y hablamos en plural.
La habitación de nuestra casa tiene
cama doble y ventana a la calle.
Él carga la valija más pesada.
Yo acomodo la ropa en su placard.

Sabemos que el otro está,
siempre,
para no mirarnos, para no escuchar,
para no saber.
Pero es lindo estar juntos,
uno al lado del otro. Muy juntos,
así, hasta la muerte.

Silvia Arazi


la espesura

Lo veo andar entre las plantas
remover la tierra
traspasar árboles
enterrar semillas
Cuando lo conocí
su jardín me pareció desproporcionado
me apabullaba esa variedad de especies
ese moverse
pidiéndole permiso a la naturaleza
Hay en él una vitalidad verde
que me resulta ajena
ese respirar entre plantas tiene
un sentido más allá
como si ellas fueran
su modo de espantar las sombras

Loreley El Jaber (Buenos Aires, 1972),
fragmento

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madre…

Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,

quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído

para que no te quedes allí, del otro lado,

donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega

a descifrarme en medio de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.

Madre, tampoco yo te veo, porque ahora te cubren las sombras

congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,

y yo no sé buscarte, acaso porque no supe aprender a perderte.

Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo, vuelta estatua de arena,

puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,

los signos con que habremos de volver a entendernos.

Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,

sin poder avanzar. Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado

donde cada crujido es tu lamento, donde cada aleteo es un reclamo

de exilio que no entiendo, donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,

y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda

entre las galerías de este mundo. Y todo se confunde.

Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.

Y no sé dónde estás. En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,

como quien acaricia un talismán, una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada

capaz de revivir en el más imposible de los sueños. Nada. Solamente una garra

de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros años d

escubriendo una mesa donde partes el pan de cada día, un cuarto

donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,

un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar

rodeada por un halo de orgullosa ternura, un lecho donde vuelves de la muerte

sólo para no dolernos demasiado. No. Yo no quiero mirar.

No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo

en que roen su rostro los enormes agujeros, ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más

esa desesperada marea que lo lleva, una vez más aún, para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.

No quiero oír el ruido del cristal trizándose, ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,

ni ver cómo no estás. Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,

¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,

¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?

¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,

eras como el amparo de la lejanía, como un latido en las tinieblas.

¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?

¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?

¿Quién me oirá si no me oyes? Y nadie me responde. Y tengo miedo.

Los mismos miedos a lo largo de treinta años. Porque día tras día alguien que se enmascara

juega en mí a las alucinaciones y a la muerte. Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta,

esa que no logró cerrar mi nacimiento y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.

¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez. Pero en el coro de las voces que resuenan

como un mar sepultado no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;

en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas

no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol; no hay ninguna ráfaga

que haga arder mis ojos con tu olor a resina; ningún calor me envuelve

con esa compasión que infundiste a mis huesos. Entonces, ¿dónde estás?,

¿quién te impide venir? Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.

Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,

alguien que persevera en su propia memoria, la embalsamada a cuyo alrededor

giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,

sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia, o me ordenas las sombras,

o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día,

o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.

Olga Orozco

La Pampa- 1920-1999


en la brisa, un momento

¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube dice “No”, el viento dice “No”, las ramas dicen “No”,
y hasta la tierra entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no son las que nos vieron
sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame, amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las ciénagas y los tembladerales
delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida, de caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, cuando podrás mirar tan “fijamente el sol como la muerte” ,
no querrás apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: “Tú hiciste que la luz fuera visible”,
y otra vez descubrimos que la muerte se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad.

Olga Orozco

10-9


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